Mucho más que la Venecia portuguesa

Lo primero que me viene a la cabeza hablando de Aveiro es que no busca imponerse; se deja descubrir poco a poco, quizás será por eso que permanece en la memoria más tiempo del que cabría esperar.
Si se pintase un cuadro, aparecería un canal recorrido por sus famosos moliceiros, embarcaciones coloridas que un día sirvieron para la recolección de algas y hoy se han convertido en atracción turística.


Y si Aveiro tiene el faro más alto de Portugal, es también la capital del modernismo. Al recorrer sus calles, sobre todo su barrio histórico, el de Beira Mar, donde vivían desde siempre los pescadores o salineros, una se encuentra con joyas como la casa que fue Mário Pessoa, la casa dos Ovos Moles, la Casa de Rossio, la antigua Cooperativa Agrícola, la Praça do Peixe… Así hasta 28 joyas modernistas. Este nuevo arte surgió a principios del pasado siglo de la mano de una burguesía incipiente en un Aveiro que seguía creciendo desde el siglo XIX. Aquel crecimiento fue gracias a la instalación de una barra artificial que volvió a conectar la ciudad con el Atlántico. Porque hay que recordar que 3 siglos antes se produjo la desaparición de su barra natural y con ella se perdió parte de la actividad de los aveirenses. Aveiro en esos tres siglos pasó a ser una ciudad aislada del mar, habiendo sido uno de los puertos más importantes de Portugal.

En fin… Os invito a disfrutar de esta ciudad acogedora. Si venís con autocaravana, su área está a 10 minutos caminando del gran canal; por cierto, en ese lugar está el espacio de Congresos de Aveiro, una antigua fábrica de azulejos magníficamente restaurada, porque sí, Aveiro es también descubrir maravillosas fachadas de azulejos.