Insultos y odio en las redes sociales

Hoy, desde un lugar que me transmite mucha paz quiero hablar a mis amigos y amigas de Facebook; deciros que tenéis razón: cada vez soy menos activa o mis intervenciones son menos profundas.

Personalmente, estoy cansada de cómo están degenerando las redes sociales. A poco que entres en distintos foros, compruebas que el insulto se ha convertido, para algunas personas, en una forma habitual de intervenir. Muchas veces, quienes recurren a este tipo de comunicación lo hacen bajo el anonimato o detrás de perfiles falsos; otras, sin embargo, lo hacen con su propio nombre y parecen sentirse especialmente envalentonados cuando están detrás de una pantalla.

Hace unos días asistía a una conversación en la que alguien ponía el foco en un pequeño vehículo que, aparentemente, era utilizado como vehículo vivienda. Un «coche colchón», así era definido. Y ojo, porque aquel calificativo no parecía utilizarse para describir una forma de viajar, sino como un insulto. Un insulto que encerraba cierto desprecio hacia quien viaja de una manera diferente.

Porque a este mundo del autocaravanismo también han llegado personas que parecen sentirse con derecho a despreciar a quienes no se han gastado más de 80.000 euros en un vehículo. Y también quienes, habiendo comprado un vehículo de cuarta mano y con más de treinta años, parecen sentirse por encima de quien viaja, pongamos por ejemplo, en una Berlingo.

Hombre, ya está bien de tanto desprecio hacia quien tiene menos o hacia quien, simplemente, no puede —o no quiere— gastar una fortuna en un vehículo. Porque cuando detrás de la burla hay desprecio hacia quien se percibe como alguien con menos recursos, quizá conviene recordar que estamos entrando en un terreno que se acerca a la aporofobia.

Hay personas con las que no me siento cómoda compartiendo un espacio, por muy valioso que sea su vehículo. Y, sin embargo, hay otras que despliegan su colchón sobre los asientos traseros de su coche y son mucho más que buenos compañeros de afición: son buenas personas.

Porque el vehículo con el que viajas dice muy poco de ti. En cambio, la forma en que tratas a los demás lo dice todo. Ya está bien de despreciar al diferente, de pensar que un determinado tipo de vehículo puede situarte por encima de los demás.

Este mundo, en muchos aspectos, en nada se parece al que yo viví cuando compramos nuestra primera autocaravana, de eso va a hacer ya treinta años. Ahora hay quienes llegan pensando que han comprado un apartamento con derecho a parcela en cualquier lugar, porque quizá han asumido que determinadas comodidades o una determinada inversión les otorgan más derechos que al resto.

Otros disfrutan mostrando el despliegue de elementos y equipamiento que convierten su vehículo en un auténtico escaparate. Y también están quienes simplemente han visto una afición que crece y quieren subirse a esa ola. Nada de esto me parece necesariamente malo. Cada cual disfruta de esta forma de viajar como quiere y como puede.

Lo que me preocupa es cuando las diferencias económicas, el tamaño del vehículo o la cantidad de equipamiento empiezan a convertirse en una especie de escalera imaginaria desde la que algunos parecen mirar al resto por encima del hombro.

Y también están quienes venden una historia de «cambio de estilo de vida» que quizá no siempre supone un cambio tan profundo. A veces es, sencillamente, un traslado de comodidades: llevamos a la carretera aquello que antes disfrutábamos en casa y construimos alrededor de ello una determinada imagen de libertad. Y está bien. Cada uno cuenta su experiencia como la vive.

Lo que me resulta más difícil de entender es que alrededor de esa imagen se construyan auténticos referentes a los que miles de personas siguen, admiran y, en ocasiones, defienden hasta el extremo. Personas que probablemente, en un mundo sin pantallas y sin seguidores, jamás llegarían a conocerse.

Quizá deberíamos recuperar un poco de aquella manera de viajar en la que el vehículo era solo una herramienta para llegar a los lugares que queríamos conocer, y no una forma de medirnos unos a otros. Y no, no vale insultar.

No vale adjetivar a todo un colectivo por la forma de actuar de uno o de unos pocos. No vale despreciar al que tiene menos. Y tampoco vale ser tan maleducado que ni siquiera des los buenos días al salir de tu flamante autocaravana.

Tampoco creo que nos haga mejores vomitar odio en las redes sociales, convertir la ignorancia en una bandera o participar en una discusión únicamente para ridiculizar al que piensa o vive de otra manera.

Todos podemos equivocarnos. Todos podemos tener un mal día. Todos podemos dejarnos llevar alguna vez por una opinión demasiado rápida.

Pero quizá estaría bien detenernos un momento antes de escribir y preguntarnos qué estamos aportando a la conversación.

Porque no se trata de quién tiene el vehículo más caro, más grande o más moderno. Ni de quién viaja con más comodidades, ni de quién tiene más seguidores. Se trata de algo bastante más sencillo: de cómo nos comportamos con los demás.

Después de treinta años viajando en autocaravana, sigo pensando que lo mejor de este mundo no son los vehículos.

Son las buenas personas que encuentras por el camino. Y esas, por suerte, siguen estando ahí.

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